Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Venters percibió lo sublime de aquella maravillosa bóveda, que parecía resplandecer con una gloria de algo ya inexistente. ¿Cuántos años hacía que los trogloditas contemplaron desde aquel mismo sitio el hermoso valle? ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que sus mujeres molieron el maíz en aquellos pulidos agujeros, desde que allí vivieron, amaron, lucharon y murieron todos? ¿Fueron acaso destruídos por sus enemigos? ¿Habíalos exterminado una epidemia o solamente el gran destructor, el Tiempo? Aquel sitio le oprimía. Había claridad en él, pero, no obstante, le pareció lóbrego. Olía a polvo, a piedra musgosa, a viejo, a remoto. Era triste. Era solemne. Parecía el Templo del Silencio, que reinaba allí de un modo irrevocable y terrible; no podía ser interrumpido. Y, sin embargo, en aquel instante, desde lo alto de las grietas de la bóveda, llegó el gemir profundo y extraño del viento… un verdadero responso por todo lo que allí había desaparecido.