Los Jinetes de la Pradera Roja

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Suspirando, recogió Venters cuantos cacharros pudo, de los que le parecieron fuertes y convenientes para su campamento, y emprendió el regreso. Subió a la terraza por la parte opuesta, y desde lejos vio mirar a la muchacha hacia la parte por dónde él marchara, circunstancia que le permitió aproximarse sin que ella lo advirtiera. Blanca estaba echada a sus pies y se levantó para ir al encuentro del amo. Cuando él se adelantó para llamarla, Bess volvió la cabeza y le vio. Por la sorpresa reflejada en el rostro de la joven, por la mirada de sus grandes ojos, por el rubor que brotó en sus mejillas, dedujo Venters que le había esperado con ansiedad, que había estado pensando constantemente en su regreso. No sonreía ni demostraba contento, lo cual nada hubiera significado ante la inefable emoción que revelaba. Venters creyó comprender la viva llamarada que brotó de su rostro. Era como si hubiese permanecido en desesperanzada inacción y de pronto se sintiese animada por la vida, como si hubiese resucitado.







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