Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Y Venters pensó rápidamente: «La he salvado, la he librado de aquella cadena; ella estaba esperándome como si fuera yo lo único que le queda en la tierra; me pertenece». Este pensamiento le sorprendió con un golpe inesperado. El alegre saludo que pensaba dirigirle no salió de sus labios; torpemente, dejó caer sobre la hierba los cachivaches, sintiendo una inusitada y profunda emoción, mezclada con la piedad y el regocijo que le producÃa saber que él significaba algo para aquella muchacha.
—¡Qué cargado venÃs! —dijo la joven—. ¡Caramba, si son cacharros! ¿De dónde los habéis sacado?
Venters dejó el rifle sobre la hierba, y llenando uno de los recipientes con agua, lo puso sobre las ascuas de la hoguera de su campamento.
—ConfÃo en que el agua no se saldrá —dijo a poco ¡Figuraos! Ahà enfrente, al otro lado, hay una gran cueva con viviendas de trogloditas; de ahà he sacado estos recipientes. ¿No creéis que necesitábamos algunos? Aquel tazón de hojalata ha servido para hacer té, caldo, sopa…, en fin, para todo.
—SÃ, he advertido, en efecto, que no disponÃamos de baterÃa de cocina.
Y se echó a reÃr. Era la primera vez que reÃa. A él le gustaba oÃrla reÃr, pero aunque estaba deseando mirarla, no lo hizo, por no descubrir su emoción.