Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¿Querréis llevarme allà y a los demás lugares del valle en cuanto esté bien del todo? —preguntó la muchacha.
—¿Cómo no? Es un sitio maravilloso. Hay tantos conejos en el bosque, que no se puede dar un paso sin tropezar con uno. Y hay también codornices, castores, zorros y gatos monteses. Estamos en una verdadera madriguera. Pero… ¿habéis visto alguna vez chozas troglodÃticas?
—No; sólo he oÃdo hablar de ellas. Los… los hombres aquellos dicen que el Desfiladero está lleno.
—Pues yo creÃa que, después de tantas correrÃas a caballo, habrÃais tropezado con alguna —dijo Venters. Hablaba lentamente, eligiendo sus palabras con cautela, dando a su voz un tono de indiferencia y aparentando al mismo tiempo estar atareado en la selección de los cacharros. Era preciso evitarle el bochorno de su curiosidad. Sin embargo, nunca habÃa deseado tanto saber algo de su pasada vida.
—Cuando montaba a caballo cabalgaba como el viento —replicó ella—, y nunca tenÃa tiempo para detenerme en ningún sitio.
—Recuerdo aquel dÃa, cuando yo…, cuando os vi en el Desfiladero… Estabais llena de polvo y vuestro caballo parecÃa muy fatigado. ¿Montabais constantemente?