Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Consideró Venters aquella contestación como la más desconcertante de todas las que Bess le habÃa dado, y sólo se contuvo de indagar más acerca de su vida anterior por el sonrojo que ella sintiera cuando le dirigió aquella otra pregunta. No la molestarÃa más con su insana curiosidad. Sin embargo, era preciso pensar, y le era difÃcil pensar claramente. Aquella muchacha de ojos tristes, ¡era tan distinta de lo que él se habÃa figurado a causa de su extraña vida! Aquel dÃa habÃala hallado sencilla y franca, con la misma naturalidad que pudiera mostrar cualquiera otra joven. HabÃa dulzura en ella. Su voz era grave y bien modulada. No pudo mirarla a los ojos, sostener su mirada fija, franca y ávida, y decirse al mismo tiempo que ella era lo que habÃa confesado ser. El jinete Enmascarado de Oldring estaba ante él: una muchacha vestida de hombre a la que habÃa obligado a cabalgar al frente de bandidos y ladrones. HabÃanla tenido encerrada durante muchos meses en una oscura cabaña. A veces, el más vicioso de los hombres habÃa sido su compañero, y las más malas mujeres, aunque no se las permitÃa acercarse a ella, habÃanla, cuando menos, envilecido con su presencia en el mismo campamento. Pero, a pesar de todo, Venters no podÃa cerrar sus oÃdos a la secreta voz de la verdad, que borraba los hechos deshonrosos y proclamaba lo que tan bien revelaban sus ojos, la inocencia y candidez de la muchacha.