Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Durante los dÃas que siguieron, Venters luchaba constantemente contra sus opuestas convicciones: por un lado, la seguridad de que Bess era inocente en todos los sentidos, y por otro lado, el saber por la misma boca de ella lo que habÃa sido, aunque fuera obligada. ¿Es que las dos cosas podÃan ser verdad? SabÃa que la última lo era, pero no querÃa cejar en su convicción acerca de la otra, y este conflicto aumentaba el misterio que parecÃa formar parte de Bess. Mas en aquellos dÃas de prueba era, sin embargo, evidente que Bess ganaba con presteza fuerzas, que parecÃa olvidar los largos y crueles años pasados junto a Oldring, si no se le hablaba de ello, y que, como los indios, que sólo viven para el momento, ella hallábase completamente absorta en el presente.
DÃa tras dÃa observaba Venters cómo la blancura de su rostro tornábase más oscura, y cómo sus mejillas llenábanse gradualmente. Llegó un momento en que sólo mirando con atención distinguÃa la lÃnea que separaba la parte del rostro tanto tiempo cubierto por el antifaz y aquélla que siempre habÃa estado expuesta a la acción del viento y del sol. Cuando desapareció dicha lÃnea, tuvo Venters la impresión de que ella se veÃa por fin libre del estigma que significaba el infame nombre de jinete Enmascarado de Oldring.