Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Aquella noche hizo dos viajes más al cañón de Oldring, y otros dos en las dos noches siguientes. Cuando tuvo ocho terneras en su improvisado corral, se dijo que habÃa suficientes, pero al mismo tiempo descubrió que no tenÃa el menor deseo de matar a ninguna.
—¡He robado el ganado de Oldring! —exclamó riendo, y notando que todas las terneras eran de color rojo, añadió—: ¡Y son rojas! ¡Son del hatajo rojo! ¡He robado terneras de Juana Withersteen…! ¡Qué cosa más extraña! ¡Quién lo hubiera dicho!
Hizo otro viaje al cañón, y esta vez cogió un becerro y le mató, cortando después la cantidad de carne que calculó podÃa llevar. El aullido de los coyotes le aseguró que nadie descubrirÃa la matanza. Llevó la carne al campamento y la colgó en la rama del abeto plateado más próximo. Luego se fue a dormir.
A la mañana siguiente se levantó temprano. SentÃa la viva satisfacción de tener una sorpresa para Bess. Ésta apareció a poco y se acercó a la hoguera.
—Bess, ¿no me habéis dicho que estabais cansada de carne de conejo? —preguntó Venters—. ¿Y también de la de codorniz y de castor?
—SÃ, asà lo dije.
—¿Qué os gustarÃa comer?
—Estoy cansada de comer carne, pero si no hay otra cosa, que fuese siquiera de buey o de ternera.