Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¿Qué os parece aquélla? —Venters señaló la que pendÃa del abeto—. Tendremos cama fresca durante algunos dÃas, y después cortaremos el resto en lonjas y las secaremos.
—¿Dónde habéis obtenido esa carne? —preguntó Bess.
—Se la robé a Oldring.
—¿Habéis vuelto al cañón…, os habéis arriesgado…? —preguntó vacilante la muchacha, y palideció.
—No ha sido peligroso, pero sà muy molesto.
—Lamento haber dicho que estaba cansada de la carne de conejo. Pero…, ¿cómo?
¿Cuándo habéis ido?
—Anoche.
—¿Mientras yo estaba durmiendo?
—SÃ.
—Me desperté anoche…, pero ignoraba eso.
—He hecho más —dijo Venters—. He trabajado durante cinco noches mientras dormÃais. Tengo ocho terneras aquà cerca, en un pequeño barranco. ¡Ocho terneras vivas!
—¡Habéis ido… allÃ… durante cinco noches!
La exclamación vacilante, la dilatación de sus ojos, la palidez de sus mejillas no era para Venters sino la manifestación del miedo que sentÃa la muchacha, miedo por si misma…, o por él.