Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —SÃ. No os lo he dicho antes porque sabÃa que tendrÃais miedo de quedaros sola.
—¿Yo, sola? —dijo estas palabras sin convicción, pues ni siquiera habÃa pensado en ello. No era, pues, miedo por sà misma lo que sentÃa, sino por él. Aquella muchacha, siempre lenta en el hablar y en la acción, parecÃa casi estúpida en aquel instante. Tendió una mano y, de pronto, sé acercó a él, mirándolo con tal emoción, que Venters ya no puso en duda su inteligencia.
—¡Oldring hace vigilar el hatajo rojo…! ¡Os matarÃan si os viesen! ¡No vayáis más, nunca más!
Después de hablar, las fuerzas parecieron abandonarla y se tambaleó hacia el joven.
—¡No iré más, Bess, os lo prometo! —dijo, cogiéndola.
Ella apoyóse en él y su cuerpo tembló. Levantó el rostro hacia Venters, que contempló aquel dulce semblante de mujer, aquellos ojos y aquellos labios femeninos tan ciegamente confiados al revelar su secreto. Mas él no quiso creerlo; pensó que ella se acercaba instintivamente al único amigo que tenÃa, como instintivamente le habÃa inspirado miedo al principio.