Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Suavemente la apartó de sÃ, sosteniéndola por los hombros. La sangre corrÃa alocada por las venas, sintió una gran emoción, y vio en ella algo que ya antes habÃa visto, pero que no podÃa comprender; algo muy próximo, cálido y dulce como aliento fragante, dulce como ninguna otra cosa le habÃa parecido hasta entonces.
Con toda su fuerza de voluntad procuró serenarse, para juzgar sin dejarse influir por la piedad y las emociones. Bess aún le miraba con ojos en los que se leÃa hasta lo más profundo de su alma. Rápidamente borró Venters todo el pasado de ella y sólo pensó en el tiempo que llevaban juntos. QuerÃa juzgarla como ella le habÃa juzgado a él. Hallábase ante lo inevitable de la vida, vio el destino en la oscura y recta senda de los maravillosos ojos de ella, vio que la sencillez y la dulzura de una muchacha luchaban con una emoción nueva, extraña y dominante; vio la viva imagen de la inocencia; vio el terror ciego de una mujer al pensar en la muerte de su salvador y protector. Todo esto vio Venters; pero, además, habÃa en los ojos de Bess una alboreante conciencia que parecÃa a punto de romper en glorioso resplandor.
—Bess, ¿qué pensáis? —preguntó.
—Pienso…
—¿Os dais cuenta de que estamos solos aquÃ…, un hombre y una mujer?
—SÃ.