Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Perdonadme! No era mi intención hacer que me amaseis asÃ. ¡Oh, qué dédalo he hecho de nuestras vidas! ¡Vos…, hermano de Milly! ¡Y yo, loca, traté de mitigar vuestro odio contra los mormones! Lassiter, podré ser mala, pero no hasta el punto de odiar. Si no he podido sentir odio hacia Tull, ¿cómo he de odiaros a vos?
—Al fin y al cabo, Juana, tal vez sólo estáis ciega. Tenéis la ceguedad de la mujer mormona. Esto explica algo que se acerca mucho al egoÃsmo…
—No soy egoÃsta. Detesto el egoÃsmo. Si estuviera libre…
—No lo estáis. No estáis libre del mormonismo. Y al jugar conmigo habéis sido infiel.
—¿Yo… infiel? —balbuceó Juana.
—SÃ, infiel. Fiel a vuestro obispo, pero infiel para con vos misma. Falsa con vuestro sexo y fiel a vuestra religión. Os habéis rebajado y envilecido; os habéis engañado y me habéis engañado a mÃ…, todo para atarme las manos y evitar que apague la vida de un mormón. Es el resultado de vuestra ceguera mormona.
—¿Es vil…, es estar ciego… querer salvar una vida humana? No, Lassiter; ésa es la ley de Dios, universal para todos los cristianos.