Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Al leer la carta, Juana se dio cuenta de que nada en ella había cambiado. No envió respuesta alguna al obispo, ni tampoco fue a verle. El domingo siguiente se abstuvo de ir a la iglesia, la segunda vez en aquel año, y, aunque no sufría realmente, sentía un vago malestar por el futuro. Tenía casi la convicción de que su ulterior conducta para con los dignatarios de la Iglesia mormónica no dependía de ella, sino de la actitud que éstos adoptasen. Había dicho la joven a Lassiter que sentíase desamparada y perdida, y ahora temía que su mente se hallase en el mismo estado caótico respecto a su religión. La asustaba descubrir que ponía en duda ciertas fases de ella. Su absoluta fe le había dado serenidad; pero, aunque su fe seguía inquebrantable, la serenidad había huido a causa de su guerra con los dignatarios de la Iglesia. Aquella voz que en vano tratara de extinguir habíase convertido en un murmullo claro y distinto, y le mandaba esperar. Ella sabía que no había quebrantado ninguna ley de Dios. Y los ministros, investidos del poder y de la gloria de una creencia maravillosa, por inexorable que fuera su juicio, no podrían dejar de practicar con ella el natural deber del cristianismo que ellos mismos predicaban y que dice: «No hagas a otro lo que no quieras que te hagan a ti».