Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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La ascensión de la pendiente por los peldaños desgastados por el tiempo era siempre para Bess una tarea muy ardua, mas cuando llegaba a la rampa, jadeante y cansada, brillábanle los ojos de gozo. Tras breve pausa para descansar y admirar el hermoso espectáculo del valle visto desde aquel punto, empezó también esta vez la acostumbrada exploración de las viviendas troglodíticas. De todos los rincones y alacenas sacaban una multitud de objetos de barro, toscamente modelados y pintados. Escudriñaban los oscuros agujeros de las kicas[6], y Bess echó una piedra para oír el ruido que producía al chocar con el fondo. Miraban las pequeñas casitas globulares, parecidas a colmenas, y se preguntaban si habrían servido de graneros o para qué; entraron a gatas en las más grandes, y reían cuando sus cabezas daban contra los bajos techos. De entre el polvo que cubría el piso de las casitas sacaban brazadas de tesoros, que llevaban afuera. Hallaban pedernales, bastones extrañamente curvados, piezas de cacharrería, cuerdas de esparto que se deshacían entre sus manos y una piedra blanquecina que se pulverizaba al tocarla y parecía desvanecerse en el aire.

—Esta substancia blanca son huesos —dijo Venters lentamente—. Huesos de los trogloditas.

—¡No! —exclamó Bess.

—Aquí hay más. ¡Mirad cómo se deshace en polvillo blanco! ¡Vaya si son huesos!


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