Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —SÃ, os lo prometo.
Cuando llegaron al campamento caÃa la tarde y la atmósfera era bochornosa. Ninguna brisa movÃa las hojas de los tiemblos, y las nubes rojas avanzaban imperceptiblemente desde el Oeste.
—¿Qué tenemos para cenar? —preguntó Bess.
—Conejo.
—Bern, ¿no se os ocurre otra manera de preparar la carne de conejo? —dijo Bess, muy seria.
—¿Creéis que soy un mago? —replicó Venters.
—No sé; pero ¿queréis que me vuelva conejo? —dijo el joven riendo, y en sus ojos brillaba la alegrÃa.
—Pues la carne de conejo parece que no os siente mal —contestó Venters—. Estáis bien y fuerte y… cada vez más hermosa.
Venters nunca habÃa dirigido a Bess ningún cumplido, y éste se lo dijo porque sintió de pronto la curiosidad de ver el efecto que causarÃa. La joven se le quedó mirando como si no le hubiese entendido, sonrojáse y se mostró confusa.
—Lo mejor será —continuó su compañero— que me vaya inmediatamente a Cottonwoods en busca de provisiones.
Al ver el rápido cambio de la joven, Venters se reprochó su brusquedad.