Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Algunos de vuestros jinetes —continuó el joven—. Se aproxima la hora del cambio de guardia. Vámonos al banco que hay en el bosquecillo. Allà podremos hablar.
Afuera era aún de dÃa, pero bajo las anchas copas de los álamos, las sombras oscurecÃan ya las veredas. Venters condujo a Juana, por un estrecho sendero, hacia una pequeña colina, en la linde opuesta del bosque. AllÃ, muy escondido, habÃa un banco de piedra, desde el cual, y a través de un claro entre las copas de los árboles, podÃan verse las praderas, la lejana pared roqueña y la débil lÃnea de los cañones. Juana no habÃa pronunciado una palabra desde que Venters le habló de un modo tan duro, pero durante el camino habÃase apoyado en su brazo, y cuando el joven se detuvo y colocó el rifle en el banco, ella no lo soltó.
—Juana, temo que haya llegado el momento de separamos.
—¡Bern! —exclamó ella.
—SÃ, no hay más remedio. Mi situación no es envidiable… Nada tengo, todo lo perdÃ…
—Os daré lo que queráis…