Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —En tal caso, o mi amigo o un dignatario de mi religión estarÃa muerto a estas horas —dijo ella.
—Seguramente serÃa Tull.
—¡Oh, juventud fiera y brava! ¿No podré jamás enseñaros a ser piadoso, a tener paciencia? Bern, el perdonar a los enemigas es merced divina.
¡Callad! No me habléis más de piedad ni de religión… después de lo sucedido. La providencial llegada de Lassiter ha permitido que yo sea todavÃa un hombre, y ahora mismo quiero seguir siéndolo o morir como tal… ¡Dadme mis armas!
Juana penetró silenciosamente en la casa y volvió poco después con una cartuchera, una pistola enfundada y un largo rifle. Mientras Venters se colocó el cinto, se sujetó la pistolera y se colgó el rifle del brazo, ella lo contempló en silencio.
—Juana —dijo suavemente el joven—, no me miréis asÃ. No voy a asesinar a vuestro dignatario. Trataré de no encontrarme con él ni con sus hombres. Pero ¿no veis que he llegado al lÃmite de mi paciencia? Sois una mujer maravillosa. Jamás hubo mujer tan buena y tan poco egoÃsta. Sólo que, en cierto modo, sois ciega. ¡Escuchad!
Desde detrás del bosquecillo de álamos oyéronse rápidos pasos de caballos.