Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¿Queréis llevarme allÃ…? A los ojos de los mormones será ésa una ofensa mayor que la de sentarme a vuestra mesa.
—Asà es, pero lo haré. Sólo que… hemos de ir cuando nadie nos vea. Mañana, tal vez.
—Gracias, Juana Withersteen —dijo el jinete. Se inclinó profundamente y dio un paso atrás para marcharse.
—¿No queréis quedaros… a dormir bajo mi techo? —preguntó ella.
—No, señora, aunque os agradezco vuestra bondad. Jamás duermo bajo techado. Y hoy menos, porque no debo olvidar que puede tramarse algo en el pueblo. No, no; iré a la pradera. ConfÃo en que vuestras bondades no os causarán ningún perjuicio.
—Lassiter —dijo Venters con amarga sonrisa—, la pradera también es mi lecho. Puede que nos encontremos allÃ.
—Tal vez. Pero la pradera es ancha y yo no estaré muy cerca. Buenas noches.
Lassiter silbó y el negro caballo contestó con un relincho, acudiendo en seguida. El jinete no lo montó, sino que, cogiéndolo de la brida, se alejó con él, desapareciendo lentamente entre los álamos.
—Juana, he de marcharme en seguida —dijo Venters—. Dadme mis armas. ¡Oh, si las hubiera tenido antes!