Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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—¡Qué nadie saque las armas! No venimos a eso… Y luego entró pisando recio, costándome bastante mantenerme a su dado. Oyóse movimiento de pies, un grito agudo, algunos murmullos y después se hizo un profundo silencio. Tull estaba allí, y aquel gordinflón que trató de sacar su pistola contra mí, y otros mormones de imponente aspecto. También estaba aquel patizambo que acompañaba a Tull el día que llegué aquí. Quisiera que hubieseis visto sus caras, sobre todo la de Tull y la de ese gordinflón. No es posible explicarlo con palabras. Entonces, Venters se colocó en medio de la sala, frente a un grupo de gente, pero ninguno de aquellos hombres atrevióse a pestañear o mover una mano. Naturalmente, como hago siempre, observé que muchos de ellos iban armados. Tengo la costumbre de fijarme primero en tales minucias. Venters empezó a hablar, y sus palabras eran lapidarias; todos estaban asombrados. Advirtió a Tull que tenía algunas cosas que decirle.

Lassiter se detuvo y dio vueltas al sombrero, como era habitual en él. Sus ojos tenían la mirada de quien está viendo un espectáculo emocionante.





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