Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Juana advirtió que estaba llorando. No se había dado cuenta hasta que Lassiter acabó de hablar, y las lágrimas fueron un gran alivio para ella.

Sus ojos habían permanecido secos durante mucho tiempo; sus emociones eran profundas, pero no se exteriorizaron. El relato de Lassiter fue para ella un suplicio. El acto de Venters, su modo de hablar, no tenía igual como ultraje sin vertimiento de sangre. A hombres de la calaña de Tull los habían matado, pero a ninguno lo denunciaron tan terriblemente en público. Juana dominó su horror y, a pesar suyo, felicitábase del hecho, alegrándose de la estupenda hazaña de un hombre valeroso. Era el cálido y primitivo instinto de la vida, de la lucha. Una especie de loca alegría inspirábale la caballerosidad de Venters. Y dio rienda suelta a sus lágrimas, largo tiempo contenidas.

—Bueno, Juana, no lo toméis así —dijo Lassiter, sin saber qué hacer—. Era preciso contarlo. Hay cosas que un hombre no puede callar. Es extraño que ahora os pongáis de ese modo cuando durante todo este tiempo habéis mostrado tanto valor. El caso es que no entiendo a las mujeres. Acaso tengáis motivos para llorar. Sólo os puedo decir lo siguiente: nada ha hecho vibrar tanto mi cuerda sensible como lo realizado por Venters. Me hubiera gustado hacerlo yo, pero… sólo sirvo para manejar las armas y, al parecer, a vos os disgusta eso… Bueno, ahora me marcho.


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