Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Quedaban tan sólo cien metros entre Jerry Card Venters; Camorra, el corcel gigante, seguía corriendo infatigablemente, avanzaba raudo. En cada metro ganaba un pie. Silbábanle las ventanas de la nariz, por las que salía espesa espuma caliente como el fuego. Salvaje, fuerte y veloz como siempre, a cada una de sus tremendas zancadas parecía que iba a arrojar a Venters de la silla. La gran carrera de Camorra estaba casi ganada. A Venters le parecía la extensión del camino y del terreno una inmensa llanura que se deslizaba vertiginosamente bajo él. En ella movíase Estrella Negra como una mancha borrosa. Su jinete, Jerry Card, semejaba tan sólo un punto. Y Camorra corría… corría… infatigablemente. Anublábasele a Venters más y más la vista a causa del huracán que producía la carrera y de la hirviente espuma que le saltaba de vez en cuando a los ojos. Sin embargo, vio de pronto que Estrella Negra estaba sin jinete y, aparentemente, a punto de caer. Venters frenó a Camorra, haciéndolo pasar de la carrera al galope, del galope al medio galope, de éste al trote, del trote al paso, y, por fin, detuvo al gigantesco corcel.