Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja De las mil y una preguntas que Fay le habÃa dirigido en el curso de su amistad, ésta fue la primera que el jinete no supo contestar.
—Fay, no debes preguntar esas cosas —dijo Juana.
—¿Por qué?
—Porque… —repuso la joven, sin saber qué decir. La pequeña la miraba con ojos inquisitivos, y ella desvió los suyos.
—Tú me queres también, ¿verdad?
—Querida niña, anda, vete a jugar —dijo Juana—, pero no te vayas muy lejos.
Fay se escapó, loca de alegrÃa ante aquella libertad que no le habÃan concedido durante mucho tiempo.
—Juana, ¿por qué son más sinceros los niños que las personas mayores? —pregunto Lassiter.
—¿Lo son, acaso?
—¡Ya lo creo! La pequeña Fay ve las cosas como son.
Y los pieles rojas también; lo mismo que los perros. Y un piel roja y un perro siempre ven bien las cosas, y seguramente también un niño.
—Bueno; pero ¿qué es lo que ve Fay? —inquirió Juana.