Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Lassiter! —murmuró Juana mirando primero a las armas y luego al hombre indefenso. Sin las armas parecÃa que le habÃan quitado la fuerza y que fuese más pequeño. ¿Era Juana una segunda Dalila? De pronto, previendo a aquel hombre vencido por sus enemigos, se levantó y con manos torpes colocó nuevamente cinto y pistolas en su lugar correspondiente.
—Lassiter, ahora soy yo la que tiene miedo.
—Salid conmigo de Utah…, vayamos a un lugar dónde pueda quitarme las armas sin dejar por ello de ser hombre —dijo el jinete—. ¡Venid! Tenéis a Estrella Negra, a Africano y a Campanilla. Montemos en ellos, llevémonos a la pequeña Fay y huyamos de aquÃ. Esos caballos y la niña es todo lo que os queda. ¡Venid!
—No, no, Lassiter. Jamás saldré de Utah. ¿Qué harÃa yo en ese mundo sin mi fortuna y con el corazón destrozado? No me alejaré jamás de estas praderas rojas que tanto quiero.