Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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—¡Lassiter…! Mi querido amigo, es imposible que vos y yo nos casemos.

—Como Fay, pregunto: ¿por qué?

—¿Por qué? Nunca he pensado en ello, pero… no es posible. Soy la hija de Withersteen. Mi padre saldría de su tumba. Soy mormona de nacimiento. Y aunque tratan de dominarme por todos los medios, sigo siendo mormona. Y vos…, ¡Lassiter!

—Quizá no sea ya tan Lassiter como antes.

—¿Qué acabáis de decirme? La costumbre forma en nosotros una segunda naturaleza. No podéis cambiar vuestra costumbre…, el objeto de vuestra vida. Aún lleváis esas negras y terribles armas. Aún tenéis sed de sangre.

Por el rostro del hombre pasó la sombra de una leve sonrisa.

—No.

—Lassiter, yo os mentí, mas os ruego…, os suplico…, no hagáis igual conmigo. Siento por vos un gran respeto. Sé que habéis cambiado de sentimiento hacia casi todos mis correligionarios; mas cuando hablo del objeto de vuestra vida, de vuestro odio, de vuestras armas, sólo pienso en uno. Y, respecto a él, no creo que hayáis cambiado.

Por toda contestación, Lassiter se quitó el cinto del que pendían los dos revólveres y las pesadas cartucheras y los depositó en el regazo de la joven.


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