Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Tenéis razón. A un niño se le debiera decir toda la verdad, pero… ¿es acaso posible? Yo no lo he podido hacer, y eso que toda la vida me ha gustado la verdad y me he enorgullecido de ser sincera. Acaso esto no sea en el fondo más que vanidad. Estoy dándome cuenta de muchas cosas, amigo mÃo. Mi ceguera se despeja de cuando en cuando y… creo que os quiero bastante. Cuánto y cómo no sabrÃa decirlo. Mi corazón está casi destrozado y no es éste el momento oportuno para analizar los afectos. Jugar y estar alegre con Fay, sà puedo aún; también soñar. Mas, cuando quiero pensar seriamente, me aturdo. No pienso ya, nada me importa ya, ni siquiera mis oraciones… ¡Fijaos bien en lo que esto significa! Sin embargo, creo que de mi actual estado de ánimo, de esta terrible agonÃa del alma, saldré hecha otra mujer, más buena, con más fe en la humanidad y en Dios. Más tarde o más temprano saldré de este estupor mental. Estoy aguardando el momento.
—Pronto llegará, Juana —repuso Lassiter—. Pero tengo miedo por vos. Durante muchÃsimos años habéis estado sujeta, y eso es terrible, porque la costumbre, con el tiempo, forma una segunda naturaleza. No obstante, creo que de algún modo os libraréis de ella. Yo también espero…
Y me pregunto si nuestro matrimonio está realmente tan fuera de razón.