Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Cuando me enteré de la desaparición de Milly, no creí que se marchara por su voluntad. Conocía a mi hermana y sabía que no podía hacerlo. Me quedé en casa durante una temporada para ver si Frank hablaba, al fin; pero, si algo sabía, no quiso nunca revelarlo. Entonces me puse en camino para buscar a mi hermana. Traté de descubrir la pista de aquel predicador. Sabía que en cualquiera de las ciudades visitadas por él le hallaría y sabía también que por nada del mundo dejaría de buscar prosélitos para la nueva religión. Me fui de ciudad en ciudad. Tuve una fe ciega en que algo me guiaba. Al transcurrir las semanas y los meses me convertí en un hombre extraño. La gente me tenía miedo. Dos años más tarde entré en una ciudad de la que el predicador acababa de marcharse. Me fue fácil entonces descubrir en qué sitios había estado desde que salió de nuestra ciudad hasta llegar a la ultima, recorriendo el camino a la inversa. Pero en ninguna se le había visto acompañado de una mujer. Al fin descubrí el pueblo en que se detuvo después de huir de nuestra ciudad y allí hallé la pista de Milly, la cabaña en que había dado a luz. El propietario de la cabaña era un hombre taciturno, muy zorro, y antes de marcharme lo dejé marcado para siempre, por si era culpable. Después, regresé a casa.