Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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»Entre tanto, mi padre había muerto también. Frank vivía aún en la misma casita, pero lo había perdido todo y estaba en vías de perder también la razón. Pasábase olías enteros sentado, mirando fijamente a un punto cualquiera, desmejorándose cada vez más. Algunas veces tenía ataques de furia y rompía todo lo que hallaba a mano. No quise marcharme de su lado por si guardaba el secreto de la huída de Milly. Un día le conté mis pesquisas y que me había enterado del lugar en que ella diera a luz. Creí que se me quedaba el hombre en el sitio, tal fue su impresión. Cuando se recobró, me suplicó ardientemente que no insistiera en mis pesquisas, que dejara toda investigación. Pero no quiso decirme sus motivos. No le hice caso y seguí observándolo. De este modo descubrí en su mesa de escritorio dos cartas de Milly. Una estaba escrita pocos momentos después de la huída. En ella explicaba que tres hombres la habían raptado, maniatándola y amordazándola. Citaba sus nombres: Hurd, Metzger y Slack. Eran desconocidos para ella. Decía que la habían llevado a la ciudad dónde descubrí sus huellas, que el predicador apareció allí, que la tenían encerrada y que después de dar a luz estuvo mucho tiempo sin darse cuenta de lo que sucedía; que más tarde, recobrada la salud, no tenía más deseos que huir, dejar la niña en casa de su padre y morir. La carta terminaba sin firma.


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