Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Bueno…, llegué a Cottonwoods —continuó Lassiter— y vos me enseñasteis la tumba de Milly. Y aunque vuestra boca ha estado más cerrada que la de todos los muertos que consulté en vida y que sembraron el largo camino que recorrÃ, vos me habéis revelado el secreto que desde hace dieciocho años anhelaba saber. Juana, ya os dije que me lo dirÃais sin que fuera necesario que yo os lo preguntase. Y asà ha sucedido. Aquel dÃa, cuando el gordinflón ese sacó su revólver contra mà en el patio de vuestra casa…
—¡Oh, callad! —murmuró Juana alzando la mano.
—Aquel dÃa vi en vuestro rostro que Dyer, ahora obispo mormón, era el predicador que causó la ruina de Milly Erne.
Juana se levantó de un salto.
—¡Mentira! —exclamó—. Os juro que os equivocáis.
—¡Alto, Juana! Si lo juráis, seréis perjura. Pero no es preciso. Yo lo sé, y me basta. Y cejo en mi propósito.
—¿Qué habéis dicho?