Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Aquellas huellas revelaron claramente al jinete que la pequeña Fay había sido raptada. Juana se volvió hacia él y, en confirmación de sus propios temores, le vio pálido, envejecido, como herido por un golpe mortal.
—¡Todo acabó! —murmuró ella, sobrecogida de terror, vencida al fin por las desdichas—. Iré en seguida a…
—¿Adónde? —preguntó Lassiter con voz grave.
—A verlos a ellos…, a esos hombres crueles…
—¡Decid los nombres! —gritó Lassiter.
—Al obispo Dyer…, a Tull —continuó Juana obedeciendo maquinalmente.
—¿Para qué?
—Para que me den la pequeña Fay. No puedo vivir sin ella. La han robado, como robaron a la hijita de Milly Erne. Quiero tener a Fay. Me rindo…, iré a ver al obispo Dyer y le diré… que estoy dispuesta a soportar el yugo…, que me devuelvan a Fay… y… que me casaré con Tull.
—¡Nunca! —dijo con voz estentórea el jinete.
Y la rodeó con su fuerte brazo, obligándola a correr hacia la casa, cuyas puertas cerró con tal estruendo que retumbaron las paredes. Los tres caballos estaban en el patio desde que Venters los recuperó, y sus cascos golpeaban el pétreo suelo.
