Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja »El juez Dyer —estaba diciendo a Willie Kern, uno de mis mejores y más valientes jinetes, que cerca de su casa habÃa abierto una acequia con la cual regaba su huerto, sabiendo que está prohibido. Y Willie trataba de poder hablar también, afirmando que aquel dÃa no habÃa estado en casa, cosa que me consta a mÃ, pero no le dejaron hablar, sino que Dyer procedió a condenarle sin más ni más. De pronto miró casualmente hacia el lado opuesto de la larga sala, y si hubo alguna vez un hombre que se quedase de piedra, ese hombre fue Dyer. Naturalmente, me volvà para ver qué era lo que impresionaba tanto al juez. Y, en medio del ancho pasillo formado por los bancos, vi a Lassiter muy pálido, vestido de negro, comparable sólo con la muerte. Venters causó una sensación enorme en aquella sala cuando insultó a Tull, pero lo de hoy ha sido distinto. Os doy mi palabra, señorita Withersteen, de que el frÃo de la emoción me caló hasta los huesos. No sé, pero el caso es que Lassiter tiene algo en su aspecto que causa miedo. Pronunció solamente una palabra…, un nombre…, mas no lo entendÃ, aunque no fue por falta de claridad. Tal vez me hallaba excesivamente emocionado. Dyer comprendió, sin duda, lo que dijo, y otras muchas cosas que para mà son un misterio, porque saltó de su sillón y se plantó en el estrado. Luego, los cinco jinetes, los del cuerpo de guardia de Dyer, pusiéronse también en pie y dos de ellos, los nuevos de Stonebridge, saltaron por la ventana en un decir Jesús. «Ya se veÃa que no eran mormones.