Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Venters continuó, pensativo y melancólico, su ruta, repasando los hechos de aquel día y tratando de descifrar los enigmas de la noche. Sus pensamientos le aturdían. En aquel bosque cuyo lindero pisaba vivía una mujer con cuya amistad se honraba. Y él rondaba su vivienda, rifle en mano, como si fuera un piel roja, un hombre sin hogar, sin amigos, sin finalidad alguna en la vida. Y sobre aquella mujer se cernía la tenebrosa sombra de un feroz y secreto poder. Ninguna reina daría sus riquezas más regiamente que Juana Withersteen daba las suyas a su pueblo y a los desgraciados odiados por los suyos. Ella no pedía sino el sagrado derecho de toda mujer: la libertad; quería vivir y amar como le dictaba su corazón. Y sin embargo, eran vanos sus ruegos y esperanzas.
—Hace años que veo cernerse la tormenta sobre su cabeza y sobre el pueblo de Cottonwoods —murmuró Venters mientas andaba—. Pronto estallará, y esta perspectiva no me gusta nada.
Aquella noche las gentes del pueblo murmuraban en la calle; los bandidos salían con los férreos cascos de sus caballos forrados de trapo; Tull operaba en secreto; en la pradera ocultábase un hombre que tenía una fama terrible: ¿Lassiter?