Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Venters se adentró en la pradera guiándose por una estrella del Oeste. De vez en cuando deteníase para escuchar; pero sólo oía el aullido familiar de los coyotes y el murmullo del viento en las artemisas. Al cabo de media hora llegó a un sitio dónde se alzaba, a su derecha, un grupo de rocas, por entre las cuales se metió. A un suave silbido suyo acudió, saltando y gimiendo de gozo, un perro, y continuaron los dos cautelosamente por entre las pétreas masas hasta llegar a un suave declive en cuyo final había un objeto blanco, que no era sino otro perro dormido entre una silla de montar y un caballo. Al acercarse Venters se despertó el can y movió alegremente la cola en señal de saludo al amo. Venters colocó la silla de montar a modo de almohada, extendió sus mantas y se tumbó a dormir, boca arriba. El perro blanco se acurrucó a su lado, y el otro se apostó a pocos metros, montando la guardia. En aquel selvático refugio, con el inmenso firmamento por techo, Venters cerró los ojos, estableciendo un amargo parangón entre la soledad de las estrellas y la suya. Después se quedó dormido.