Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Cuando despertó comenzaba a alborear y el aire era frío. Levantóse rápidamente, estiró los entumecidos miembros, saludó a los perros, que bostezaban, y recogió un montón de palos de artemisa con el que encendió un buen fuego. Asó unas cuantas lonjas de carne seca y dio también algunas a los canes. Con el agua de su cantimplora apagó su sed. No había otra cosa en su equipo. La necesidad habíale enseñado a ser sobrio. Después, sentóse junto al fuego y esperó. Durante muchos meses su principal ocupación había consistido en esperar, sin saber el mismo exactamente qué era lo que esperaba, como no fuera el rápido transcurrir de las horas. Mas ahora presentía que el futuro inmediato reservábale acción. Aquel mismo día volvería a hallar a Juana; tal vez sabría algo de los ladrones de ganado; al día siguiente emprendería el camino hacia el Desfiladero de la Decepción para averiguar el misterio de su laberíntica salida.