Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Mientras aguardaba hablaba a los perros. Habíalos bautizado con los nombres de Ring y Blanca; los dos eran perros pastores, de fuerte cuerpo y muy bien entrenados. Parecíale a Venters que aquellos animales comprendían el valor que tenían para él en su desgraciada situación, y que, comprendiéndolo, redoblaban su afecto y su fidelidad. Blanca le miraba con cariño, y Ring, agachado en una pequeña elevación del terreno, manteníase incansablemente alerta, como había hecho durante toda la noche.

Al salir el sol, Blanca ocuparía el puesto del otro, y Ring se iría a dormir a los pies de su amo.

Al cabo de media hora, Venters recogió y dobló sus mantas, uniéndolas a su pobre equipaje; luego subió al otero para ver dónde se hallaba su caballo. Estaba a poca distancia, en la pradera, y el joven fue a buscarlo. En aquel país en que todos los jinetes enorgullecíanse de poseer una buena montura y apetecían siempre las carreras para demostrar el valor de sus «pura sangre», contrastaba el pobre rocín de Venters, prueba de su infortunio.




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