Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Venters se apoyó en una piedra y volvió a esperar, viendo cómo salía el sol e inundaba con sus rayos la pradera de artemisa roja, hasta que, a su viva luz, percibió en lontananza la silueta de la casa de Juana Withersteen. Al fin vio asomarse por el lomo de una de las ondulaciones del terreno un caballo, e inmediatamente intuyó que se trataba de la negra montura de Lassiter. El joven subió a una roca más alta, con objeto de que se le distinguiera bien, y desde allí agitó el sombrero. La instantánea rapidez con que el caballo de Lassiter dio media vuelta en dirección a Venters era buena prueba de la aguda vista del jinete. Hecha la señal, el joven bajó de la roca, ensilló su caballo, ató a la silla su equipaje y, dando una orden a sus perros, iba a salir a la pradera al encuentro de Lassiter, cuando lo pensó mejor y decidió aguardarle allí mismo dónde el terreno era más elevado y la vista dominaba mayor extensión.
Hacía mucho tiempo que Venters no lograba el saludo amistoso de un hombre y experimentó un estremecimiento de alegría cuando Lassiter le dio los buenos días en tono amable y franco. Al devolvérselos y sentir el firme apretón de la férrea mano y la mirada de sus grises ojos, tuvo la impresión de que llegarían a ser buenos amigos.