Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Si me perdonas, Bess, todo acabará bien —imploró Venters.
—¡No, no; no puede ser! Volveré con ellos. Al fin y al cabo, le he querido. Ha sido bueno conmigo. ¡No puedo, no debo olvidarlo!
—Si vuelves con los hombres de Oldring, yo te seguiré, y entonces ellos me matarán —dijo el joven, con voz ronca.
—¡Oh, no. Bern, no harás eso! Déjame ir. Es mejor que me olvides. Sólo te he causado penas y sufrimientos. La joven no lloró, bajó la cabeza como quien acepta los mandatos del destino.
—Juana, ¿era necesario que dijerais eso? —gritó Venters, desesperado—. ¿Por qué lo habéis dicho? ¿Dónde está la bondad de vuestro corazón? Esta muchacha ha pasado una vida solitaria y desdichada. Yo hallé el medio de hacerla feliz… Habéis matado algo dulce y puro…
—Se me escapó. Nunca creÃ… ¡Dios mÃo, cómo iba yo a saber…! —se lamentó Juana.
De pronto avanzó Lassiter, mirando con ojos luminosos y sonrientes a Juana y a Venters, y luego a Bess.
—Bueno, ya habéis hablado todos y ahora me toca a mÃ. He deseado vehementemente este encuentro. Bess, ven aquà y mira esto.
Suavemente la obligó a volverse y puso un dije de oro en la palma de su mano.