Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Ábrelo! —dijo.
Bess obedeció maquinalmente.
—Juana…, Venters…, acercaos —continuó Lassiter—. Fijaos en el retrato. ¿Conocéis a esa mujer?
Juana, después de contemplar largamente el diminuto retrato, se echó atrás y…
—¡Milly Erne! —exclamó, asombrada.
Venters reconoció también a Milly Erne en aquella fotografía, y se emocionó sin saber por qué.
—Si, es Milly Erne —dijo suavemente Lassiter—. Bess, ¿no has visto nunca este rostro?
¡Fíjate bien!
—Los ojos… me parecen familiares —murmuró Bess—. Parecen los ojos que veo en sueños, pero…
Lassiter la rodeó con su fuerte brazo y bajó la cabeza.
—Hija mía, creí que recordarías sus ojos. Son los mismos hermosos ojos que verías al mirarte en un espejo. Son los ojos de tu madre. Tú eres la hija de Milly Erne. Te llamas Isabel Erne. No eres la hija de Oldring. Eres la hija de Frank Erne, mi mejor amigo. ¡Fíjate al lado de Milly está él! Frank era de buenísima familia y un mozo apuesto y gallardo. ¡Tú llevas en tus venas sangre linajuda, y eso no se puede ocultar!
Bess cayó de rodillas y apretó el dije contra su pecho, alzando la mirada, anhelante…
—¡No, no puede ser cierto!…