Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Venters se inclinó sobre la joven, muy contrito.

—¡Oh, Bess! Yo sé que Lassiter dice la verdad. Porque cuando herí a Oldring, cayó de rodillas y con el último aliento de vida me dijo: «¡Hombre! ¿Por qué no habéis esperado? Bess fue…». Y luego murió. Sus palabras y su mirada me han perseguido desde entonces.

¡Qué bueno ha sido Oldring contigo! ¡Parece increíble! No eres lo que te figurabas…

—¡Isabel Erne! —exclamó Juana Withersteen—. Yo he amado a tu madre y la veo a ella en ti.

Lo que había parecido increíble en boca de los dos hombres, convirtióse en maravillosa verdad para Bess al oírlo de labios de otra mujer. Creyó. Poco a poco comprendió el alcance de la revelación, y el variado proceso de sus pensamientos reflejábase en su rostro. Sus ojos eran el espejo de la transformación de su alma. Cuando se disipó la última duda, levantóse ruborosa y feliz. El pasado se había hundido; quedaba el porvenir, lleno de luz y de dicha.


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