Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Venters la contemplaba con tan gran alegrÃa que no podÃa hablar. En la expresión del rostro de su amada se adivinó algo de lo mucho que la revelación de Lassiter significaba para Bess. Y el momento en que ella parecÃa elevarse transfigurada espiritualmente era el más bello de su vida. La joven quedóse con los labios entreabiertos, trémulos, apretando con ambas manos el precioso dije sobre su pecho. El nuevo y consciente orgullo de su valer dignificó la grácil figura de la gallarda joven.
—¡TÃo Jaime! —dijo trémula, con sonrisa distinta de cuantas Venters viera en su rostro. Lassiter la tomó en sus brazos.
—¡Qué bien me suena eso! —repuso Lassiter, emocionado a pesar de su férrea voluntad. Venters, sintiendo que sus ojos se humedecÃan, volvióse y se halló frente a Juana Withersteen. Casi habÃa olvidado su presencia. Venters leyó sus pensamientos, adivinó la reacción de su noble alma, vio la alegrÃa que empezaba a sentir ante la felicidad de los demás. Y cegado por las lágrimas, profundamente conmovido, se apartó también de ella. SabÃa que Juana no tardarÃa en hacer un: magnÃfico acto de desagravio por la ira que antes expresara. Probablemente amarÃa tanto a Isabel Erne como habÃa amado en otro tiempo a su madre.