Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja En el arrobamiento de su rostro, en sus insondables ojos, adivinó Venters el supremo instante de la vida de Juana Withersteen. Era el momento en que escalaba la altura que su noble alma anhelara siempre. Él, después de perturbar su tranquila existencia, después de concitar contra ella la implacable hostilidad de les mormones, después de darle la más amarga lección de su vida… él, Venters, era su salvación. Y el joven se apartó de nuevo, conmovido hasta lo más hondo de su alma. Juana Withersteen era la encarnación de la bondad y del amor puro. Venters experimentaba admiración y espanto, profunda pena y exquisito éxtasis. ¿Qué eran todas las desgracias que le deparaba la vida comparadas con la posesión de tan leal y generosa amistad?
Era necesario aceptar. Rápidamente se volvió hacia Juana, le cogió las manos y se las besó humedeciéndolas con sus lágrimas.
—Juana…, no encuentro palabras… —dijo—. No puedo hablar… Pero lo comprendo todo. Acepto los caballos…
—No perdáis más tiempo —interrumpió Lassiter—. No estoy seguro, pero creo haber visto moverse algo en la ladera. Acaso me equivoque, mas, de todos modos, es preciso que nos separemos. He acortado los estribos de Estrella Negra. Monta a Bess en él. Juana Withersteen abrió los brazos.