Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Cuando Lassiter regresó, estaba pálido, y en su boca habÃa un extraño rictus; sus ojos centellearon frÃamente. Ocultó los burros detrás de unos cedros que crecÃan junto al muro, atándolos allÃ.
—Juana, he visto a los hombres que esperaba encontrar, y voy a meterme con ellos —dijo a la joven.
—¿Por qué?
—No tengo tiempo de contároslo.
—¿No podrÃamos deslizarnos sin que nos viesen?
—SerÃa fácil, pero no es eso lo que yo deseo. Quisiera saber qué haréis en el caso de que no vuelva.
—¿Qué podrÃa hacer?
—Pues… podéis volver con Tull o quedaros en el Desfiladero hasta que os cojan los bandidos. ¿Qué haréis?
—No sé. No puedo pensarlo ahora. Pero creo que será mejor que me lleven los bandidos.
Lassiter sentóse en el suelo, apoyó la cabeza en sus manos y estuvo asà breves momentos, sumido, al parecer, en profundas y dolorosas meditaciones. Cuando alzó el rostro, tenÃa el semblante demacrado, pero sus lÃneas eran firmes y duras como el mármol.
—Me voy. Sólo quiero advertiros la posibilidad de que no vuelva; aunque estoy completamente seguro de que volveréis a verme.