Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Automáticamente siguió a Lassiter en el descenso y no se alarmó ante el peligro. Sintió un vago alivio al verse abajo, rodeada de las altas paredes de roca, oculta del vivo resplandor del sol y del rojo vivo de la pradera. Lassiter alargó los estribos de uno de los burros y le rogó que lo montara, cabalgando a su lado. Le suplicó también que evitara que los cascos del animal dieran sobre la roca desnuda, buscando siempre, en cambio, los sitios blandos.
Así recorrieron el largo cañón, y Juana apenas advirtió el cambiante escenario. Pensaba vagamente en que sus enemigos venían detrás, que podían estar esperándolos más adelante, pero tal pensamiento no despertó en ella ni miedo ni interés. Por fin llegaron a la hondonada, el gran valle en que desembocaban varios cañones.
Allí Lassiter apeóse, y llevando el burro de la rienda, prosiguió abriéndose camino por entre las rocas diseminadas y el denso follaje, bajo el muro izquierdo. Al llegar a la desembocadura de un cañón deteníase largo rato para escuchar. En una de ellas se detuvo, levantando una mano en señal de silencio para Juana. Le rogó que le esperase y desapareció por entre los peñascos, seguido por los fieles perros. El tiempo que permaneció ausente no le pareció a Juana ni largo ni corto; continuaba sumida en un estado apático.