Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Quisiera explicaron el motivo —continuó Lassiter, con una frialdad que raras veces habÃa empleado con ella. Juana lo advirtió, pero no le produjo ninguna impresión—. Sin embargo…, dejemos eso. Sólo os quiero decir una cosa. Esa bondad, esa piedad vuestra, que tanto os ennoblece, no tiene cabida en esta selvática región. La vida aquà es un infierno. Pensáis…, o solÃais pensar antes, que vuestra religión convertÃa esta vida en un paraÃso. Tal vez ya se os haya caÃdo la venda de los ojos. Y no es que yo os quisiera distinta, no, pues precisamente porque sois como sois trato de ocultaros en un lugar seguro de este Desfiladero. Y me gustarÃa llevar también al mismo lugar a otras mujeres de vuestra religión, porque he llegado a comprender que hay muchas como vos entre las mormonas. Yo quisiera que supieseis exactamente lo dura y cruel que es la vida aquÃ. Es sangrienta y feroz. CreÃsteis que con ayuda de la Iglesia y sus sacerdotes mejorarÃa todo y os equivocasteis, porque ha empeorado. Dais nombres altisonantes a las cosas: obispos, dignatarios, ministros, mormonismo, deber, fe, gloria. Yo que soy un hombre, lo sé mejor y les llamo fanáticos, parciales, mujeres ciegas, opresores, ladrones, bandidos, rancheros, jinetes. Ya habéis visto… lo que habéis sufrido estos últimos meses. Es imposible remediarlo, pero no puede durar. Y recordad esto siempre: algún dÃa esta región será más habitable, dulce y suave, más sana y más moral…, pero será debido a hombres como Lassiter.