Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja ¡Admirable…! Sois una enfermera excelente, sin nervios; ni siquiera tembláis. Veo que aún no he hecho suficiente justicia a vuestro valor. Me alegro de ello, porque vais a necesitarlo. Bueno, abreviando: yo estaba muy bien escondido y no era posible que me hiriesen de gravedad, pero esos demonios de hombres me rociaron con plomo. Acabé todas las municiones del rifle y me abalancé sobre ellos con mis revólveres, fue entonces cuando me hirieron. También gasté todas las balas, y otro tanto les sucedió a mis enemigos, según pude apreciar. ¿Sabéis quiénes eran? ¡Bandidos y mormones, juntos! Y ahora tengo cinco balazos en el cuerpo y mis armas sin municiones. ¡Démonos prisa!
Libró de las alforjas y sillas a los burros, que dejó sueltos. Llamó luego a los perros y echó a andar hacia un claro dónde habÃa dos caballos.
—Juana, ¿sois fuerte? —preguntó a la joven.
—Creo que sÃ. No estoy cansada.
—No querÃa decir eso. ¿Podréis soportar una noticia?
—Creo que puedo soportarlo todo.
—¡Hum! Os veo insensible y frÃa; quisiera prepararos…
—¿Para qué?