Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Le estrechó la mano, se volvió con rapidez y echó a andar hacia su casa con Judkins. Venters guió su caballo hacia el establo; allí desmontó y llamó a Jerd. El muchacho acudió corriendo. Venters le mandó traer carne, pan y frutas secas, y lo metió todo en su alforja. Dejó su caballo suelto en el corral y se fue en busca de Camorra. El corcel gigante debía su y nombre a su poca docilidad. Salió fácilmente del establo, pero, una vez en el corral, se echó atrás y empezó a recular. Venters se vio obligado a echarle el lazo, y entonces el animal empezó a dar coces, rompió parte de la empalizada, se encabritó, se dejó caer con fuerza y tiró de la cuerda. Jerd volvió para ayudar a Venters.

—Camorra está demasiado tiempo ocioso —dijo Jerd sujetándole la pesada silla—. Se vuelve indómito y espantadizo cuando está mucho tiempo en el establo. Ya veréis si es bueno cuando esté en la pradera.

—Jerd, este caballo es colosal en todo. No lo he ensillado más que una vez hasta ahora. No corre, vuela como el viento.




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