Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Las tinieblas de la primera parte de la noche cedieron al fin a la débil claridad estelar. Los caballos habÃanse aquietado y ningún ruido interrumpÃa el mortal silencio del recinto.
—La enterraré aquà —pensó Venters—; su tumba será tan misteriosa como ha sido su vida. Hablaba asà porque las pocas palabras de la joven, la mirada de sus ojos, su ruego a Dios le habÃan conmovido.
—¡Es una niña! —se dijo—. ¿Qué la une a Oldring? Los bandidos de ganados no suelen tener esposas, ni hermanas, ni hijas. ¿Su maldad, acaso?… Sin embargo…, quizá no llegó a ser por voluntad suya compañera de los bandidos. ¡Aquella invocación a la piedad de Dios!… ¡A fe que la vida es extraña y cruel! ¿Habrá más mujeres entre los bandidos de Oldring?… ¡El jinete enmascarado de Oldring! Un nombre que hace esconderse y cerrar sus puertas a los del pueblo. Un nombre sobre el cual pesa una docena de asesinatos, cien hechos criminosos, mil robos de ganado… ¿Qué parte ha tomado esta muchacha en tales fechorÃas? Acaso ha servido únicamente a Oldring para crearse una aureola de misterio.
Pasaron las horas. Venters contemplaba el rostro blanco e inmóvil de la joven, hora tras hora, y esperando a cada momento verla expirar, se borró de su mente la infamia que pesaba sobre ella. Sólo pensaba en su triste situación. Fuera lo que fuese…, aunque hubiese hecho lo peor…, era joven y se estaba muriendo.