Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Halló a la muchacha con los ojos abiertos; ardíanle las mejillas a causa de la fiebre; sus labios murmuraban palabras ininteligibles. Venters supuso que deseaba beber y le acercó la cantimplora a la boca. Luego, la joven quedó de nuevo sumida en un estado de sopor.

El sol traspuso el alto borde de la cañada y una fresca sombra invadió la mella. Venters dio de comer a los penos y ató también el caballo del bandido muerto. Hecho esto, cortó ramas tiernas de abeto e hizo una especie de almohada para la enferma. La envolvió con cuidado en una manta, acomodándola lo mejor que pudo, y sentóse muy cerca, apoyado contra el tronco de un abeto, envuelto también en una manta. Ring y Blanca estaban junto a él; el primero, dormido, y la segunda, de centinela.

A Venters le aterraba la vela nocturna. En la quietud de la noche acudíanle extraños pensamientos, y esta vez había de velar, además, a una moribunda que él mismo hiriera. Forjóse mil excusas por lo sucedido, mas ninguna alivió su pesar.

—Gracias a Dios, pronto dejará de sufrir —se dijo.

De vez en cuando creía que había muerto ya, y se inclinaba sobre ella, auscultándola. Sin embargo, la muchacha seguía viviendo.


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