Meseta negra
Meseta negra —Tengo la cabeza muy despejada, jefe. Aunque puedes apostar a que ahora tal vez sí me vuelva loco. Escucha. Ya tuve un presentimiento cuando cerraste el trato. Yo no me dejé engañar por la oferta de Belmont. Demasiado barata. Y empecé a reflexionar. Y cuando me enseñaste la columna de humo en la cuenca, reflexioné más todavía. Sí, señor, llegó el ganado, tal como has visto. Hice el recuento, y mientras tanto me pareció reconocer algunas reses. Las marcas no significan nada, porque supusimos que Belmont las había adquirido de un ganadero cuya marca estaba ya en parte de nuestra manada. Sin embargo, no estuve seguro hasta avistar un novillo muy grande, sin pelo en la cabeza, y con el cuerno izquierdo totalmente roto. Lo reconocí. Seguro. Y entonces lo comprendí todo. Por esto fingí estar mochales cuando hablé con Calkins. Quería obligarle a mentir y lo conseguí. Conque nadando por el río... Jefe, estas reses llevan meses sin mojarse los flancos. Lo que me extraña es que Belmont y su equipo sean tan tontos. Cualquier vaquero idiota podría descubrirles. Supongo que se imagina que yo soy un imbécil. Y también piensa que tú no eres más que un novato, y en cuanto a lo demás, a Belmont todo le importa un pimiento.
Paul no había jurado nunca mucho, pero al final de una retahíla casi interminable, juzgó que no lo había hecho muy mal, según la respuesta de Wess.