Meseta negra
Meseta negra —¡Exactamente! —aprobó el vaquero, frotándose las manos—. ¡De todos los tratos sucios, perversos y abyectos que he visto en mi puerca existencia, éste es el peor! Y estoy tan loco que lo veo todo rojo. Por menos de dos centavos enviarÃa una bala al vientre de Belmont y otra al de ese Calkins.
—Calma, vaquero. Por el momento, te interesa tener a tu lado a un hombre frÃo como yo —le amansó Paul, con una carcajada corta y frÃa—. Bien, nos la han jugado. Y si alguna vez estuve enojado, ya no me acuerdo ante mi estado de ánimo actual. Lo importante es saber qué vamos a hacer.
—Que me aspen si lo sé.
—Tenemos que pensar en Louise. No quiero dejarla sola aquà con ese demonio negro.
—¡Llévatela lejos de aquÃ! —exclamó Wess.
Ante estas palabras de su amigo, Paul recordó toda la amargura y el enorme terror demostrado por Louise poco antes.
—No, Wess, con esto sólo lograrÃa hacerla desgraciada, cuando no algo peor. Además, a pesar de lo que dijo, estoy seguro de que no se irÃa de aquà tan pronto, sólo por su tonta declaración, formulada en un momento de ira. Por otra parte, tenemos al niño... el hijo de Belmont. Tengo la intuición de que aquà hay algo más... algo que todavÃa no sabemos. Y recuerda, compañero, que yo vine aquà para solucionar mis problemas.