Meseta negra

Meseta negra

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Paul no pregonó sus sentimientos sobre este punto. Su problema consistía en proyectar algún plan que librase a Louise de su esclavitud. El joven había llegado al extremo de querer liberar a la muchacha a toda costa. Sus sentimientos hacia Louise eran ya tan profundos que ni siquiera trataba de analizarlos, si bien todavía parecía negar ante su conciencia que la amaba. Pensaba en ella —y su imagen siempre estaba presente en su mente— sólo para hacerle recobrar la felicidad y la libertad, pero lo que se hallaba latente detrás de estas ideas no se atrevía a profundizarlo aún. No comprendía por qué se mostraba tan reacio al respecto, siendo ésta una de las cosas extrañas que sin saber cómo formaban parte del ambiente inescrutable y sombrío que rodeaba a Aguas Amargas.

El día era cálido, brillante, maravilloso. El desierto resplandecía por todas partes. Al Norte se elevaban las espirales rojas. Meseta Negra formaba el primer plano del paisaje, y la arena y las dunas de arcilla del Sur llameaban como un mosaico de colores. Pero Paul no encontró la paz en aquel panorama.

A su regreso, Louise le saludó desde el umbral de su apartamento. Llevaba un abriguito y estaba anudando una cinta en su cabeza. Tenía el semblante grave.

—Hola. Supongo que no se irá a Wagontongue —dijo Paul.


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