Meseta negra
Meseta negra La joven iba a añadir algo más, pero, de repente, dio media vuelta y entró de nuevo en su apartamento. Paul recorrió el corredor hacia el puesto. En la tienda habÃa una docena de indios, y varios más en el porche, entre los cuales Wess se movÃa ostentosamente. Belmont conferenciaba con Calkins, y con otro individuo, evidentemente uno de sus jinetes. Y la omnipresente Hermana se hallaba, como de costumbre, tras el mostrador, menos taciturna y ensimismada que de usual.
—Ah, aquà viene Manning —dijo Belmont, al ver a Paul—. Socio, estréchele la mano a mi amigo de Utah, Dave Ealkins.
El ganadero de Utah parpadeó muy sorprendido, sin tratar de ocultar su asombro.
—Encantado, señor Manning. Entonces —añadió, volviéndose hacia Belmont—, ¿a qué vino la broma de aquel vaquero? ¿Trataba de sonsacarme algo?
—¿Cómo? —preguntó el comerciante muy interesado.
Paul dejó que Calkins relatase el incidente de su encuentro con Wess, y cómo éste le habÃa presentado bajo el nombre de Montaña Slim, y el propietario del puesto pareció ofendido y colérico.
—Ese vaquero es un canalla, Manning, y temo que tendrá que despedirle.